Wednesday, March 21, 2012

Primera parada: Milán

Giulia, amiga de mi hermana me recibiría en su casa. Durante el tiempo que estuvimos en contacto previo a mi llegada ¡se portó divina! Me dio instrucciones exactas de cómo llegar y qué hacer desde el momento de poner un pie bajo el avión.
En nada se equivocó. Saliendo encontré el bus que me llevaría a la estación central, tomé un taxi llegando ahí y listo! Estaba en su casa. Dejamos mis cosas en casa del vecino, desayunamos, nos actualizamos sobre nuestras vidas y me explicó cómo llegar a los puntos principales de la ciudad, ya que ella tenía que estudiar para un examen, por tanto no podía salir.

Milán: una ciudad que cambió mi percepción de Italia, específicamente de Roma. La gente muy amable, más respetuosos con los peatones, más ordenados, manejan mejor, no hablan inglés, pero se esmeran por explicarte en italiano mientas uno habla español, finalmente uno acaba a señas y diciendo "gratzie". Es una linda ciudad sin muchas cosas por ver si se compara con otras grandes, pero fue perfecta para los dos días que estuve.

Amé caminar sola por sus calles, ver tantos edificios romanos, disfrutar del poco alumbrado navideño que este año hay por la crisis, recorrer El Duomo, El Castello Sforezco, entrar al museo del Castillo, la pinacoteca de Brera sin prisa por terminar, pude leer los letreros, platicar con un copista de UK que me habló de Caraballo y su afición por pintar el contraste de la luz y las sombras, serví de traductora entre una italiana que no parlaba el españole y el pintor que no hablaba italiano.

Tuve la fortuna de conseguir entradas para la última cena de Da Vinci, un concierto de música gratuito en el teatro y a un concierto de Navidad por la Filarmónica de Milán en el Teatro alla Scala, que parece de película. Comí helado de pistache con chocolate, la tradicional rebanada de pizza, caminé por el parque, me senté a comer un pedazo de queso, mientras que caminando disfrutaba de manzana, yoghurt y unas galletas que Giulia me dio de lunch.
Me reí sola de mi misma intentando comunicarme, de cosas que veía, de las reacciones de la gente, de los que definitivamente no sabe tomar fotos, disfruté mucho cada cosa que veía, cada fotografía que se quedaba en mi memoria, así como el sentir que podía moverme y sin problema saber regresar a casa, incluso del desastre de idiomas en mi cabeza, ya que aquí se escucha desde chinos hablando español, rusos y algunos italianos hablando inglés, filipinos masticando inglés y hablando italiano, y yo una mexicana que intenta saludar en italiano, seguir la conversación en español y termina tratando de explicar lo que no entienden en inglés, como sucedió con los vecinos de enfrente sin que finalmente llegaran a entender porqué quería entrar a su casa a buscar mi maleta.

En Milán comencé a extrañar a esas personas con las que he convivido estos últimos tres meses.
Llegando a la ciudad el taxista traía la canción brasileña de moda "delicia, delicia…" de inmediato me acordé de Ana Marita y el Tigre. En los azulejos veía a Juli, en los cubiertos de cocina a Marta y a Carmen, cuando veía a alguien tomando fotos con una cámara profesional recordaba a Carmen al igual que cuando alguien me tomaba una pésima foto.
A mi familia ni se diga, siempre están en mi mente. Las flores, los diseños de interiores y de ropa, las boinas, los relojes, algunos paisajes…

Dormí como un bebé en una cama grande como la que no tengo desde hace al menos 3 meses, bebí café delicioso, investigué por la noche qué hacer y cómo llegar, hablé de mi familia con alguien que los conoce.

Milán significó perder el miedo, estar conmigo, comenzar la aventura, mejorar mi percepción de Italia y gracias a todas las atenciones de Giulia, sentirme como en casa.

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